Es un viaje a través de los malabares, físicamente exigente, en el que la soledad se mezcla con el desencanto y la complicidad con lo absurdo. Se apoyan, se acompañan, se pierden, se caen… Siempre juntos. El juego se cultiva, mantiene la relación. Las bolas son mediadoras de sus intercambios. Temporizan, animan, ligan y envenenan.